El heredero

_DSC0656 []“Hay que darle al niño hombros para que sustente el peso que la vida le eche encima.”

José Martí

–Disculpe, buenas tardes, ¿nos queda muy lejos Los Riveros?

–Ufff–, la mujer abre los ojos mientras lentamente deja lo que está haciendo y sale al pie de la carretera para indicarnos mejor, porque la dirección es compleja, un error en la entrada y podemos ir a parar quién sabe dónde.

–Sí, la segunda después de la que viene, luego… terraplén adentro–, y su expresión indica que estamos bien lejos de nuestro destino y que no entiende qué vamos a buscar allí donde ni la corriente eléctrica, ni siquiera un panel solar se han atrevido a llegar.

Pero allí donde el camino es más estrecho, y el monte oculta una casa aquí, otra allá, una escuela cerrada, un perro bonachón, un hato de bestias… destaca en la sombra la silueta pequeña de un Rivero que hace honor a su estirpe.

Yoidel lleva la nobleza en los ojos y su abuela, María Elena, asegura que en verdad es muy tranquilo. Tiene 12 años pero es todo un hombrecito. No puede ser de otro modo: él será el heredero del patrimonio familiar y desde bien temprano sus padres le han enseñado a amarlo. A él corresponde también cuidar de su hermana menor en el nuevo centro escolar.

Sí, pues ya no es como antes que la escuelita estaba a apenas unos metros de la casa. Ahora tienen que ir hasta Hato de Jicarita y hay que madrugar para coger el ómnibus que por fin entra hasta Los Riveros. A pesar del sueño es una bendición. Él lo sabe, porque si la guagua hubiera funcionado bien un año antes ya estaría en séptimo.

Quizás por ello tan pronto su mamá lo despierta a las cinco de la mañana él se levanta, se arregla entre penumbras, sin chistar, mientras preparan a Dianebys, que sí llora mucho sobre todo cuando se acerca el fin de semana y el cansancio acumulado pesa más. Para ella preescolar no es la gloria como para otros chicos.

“Imagínese, siempre se queda dormida en la clase. Y yo trato de no tomar agua, porque cada vez que lo hago, sobre la 11, me duermo también”, dice con una tímida sonrisa el niño. Entonces pienso en lo pesado que debe ser el Español o la Matemática cuando Morfeo ronda y uno siente pena con el maestro, pero los párpados se cierran, y dos por dos puede ser cuatro o cinco, cinco…, solo cinco minutos, por favor…

En la tarde, tan pronto llegan, la niña va directo a la cama. Nada de jugar. Sin embargo, Yoidel todavía tiene energías para darle una vuelta a su gallito, ver si la puerca manchada parió y llevarle agua y algo de comer. Ellos son su responsabilidad y ya ha visto los frutos de tanto esmero.

Recientemente se compró un celular para cuando vaya a la secundaria, y no haya transporte, avisarle a su papá. Y la secundaria sí está lejos, en Unión de Reyes. Él antes solo pensaba terminar sexto y no estudiar más, para no pasar más trabajo. Ahora quiere llegar hasta noveno y regresar, claro, a cuidar sus animales, su finca, como lo hizo su papá, su abuelo y todos los Riveros que poblaron este pedazo de ciénaga al sur de la autopista.

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